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“Robar a Rodin”: La deconstrucción de un escándalo

“El torso de Adèle”, escultura de Auguste Rodin, robada desde el Museo Nacional de Bellas Artes. En pleno invierno de 2005, la noticia sorprendió a los gobiernos de Chile y Francia. La valiosa pieza se encontraba en calidad de préstamo, tras extensas gestiones para concretar esta exhibición sobre uno de los principales referentes de la escultura moderna, por lo que de inmediato se activaron las alertas entre las autoridades diplomáticas y culturales de ambos países.

En las primeras horas, nadie podía comprender cómo había ocurrido el incidente. La policía se debatía en sospechas sin asidero concreto. En sus hipótesis, podría tratarse del encargo de un coleccionista, la acción de delincuentes comunes o redes internacionales de tráfico de arte. Los responsables del museo no escondían su desazón. En sus palabras, enfrentaban una verdadera pesadilla. A 24 horas de su desaparición, un estudiante universitario devolvió el bronce de veinte kilos prácticamente intacto, tras declarar que lo había encontrado abandonado en el Parque Forestal, a metros del recinto. Más tarde confesó la autoría del robo, que justificó como una acción de arte destinada a poner a prueba las medidas de seguridad de la muestra.

Una década después, el director Cristóbal Valenzuela comenzó a rodar esta historia y el resultado quedó plasmado en el documental “Robar a Rodin”, una de las producciones que resultó ganadora en la 4ª versión del Programa de Fomento al Cine Chileno de BancoEstado, y que está próxima a estrenarse en Japón.

 

¿Qué te movilizó a contar la historia del incidente de la escultura de Rodin en formato documental?

Quise hacer esta historia en formato documental, porque el caso me intrigaba a tal nivel que quería entenderlo a partir de sus personajes reales. Hasta la fecha no existe ningún ensayo o investigación sobre el robo del “Torso de Adèle”; cuando partimos era un terreno completamente oscuro, y creo que fue esta misma oscuridad la que nos impulsó a seguir profundizando en este caso con las herramientas del documental.

 

¿Cuánto tiempo pasó desde el hecho hasta qué comenzó la producción? ¿Con qué dificultades se encontraron en el camino?  

Empezamos a investigar y a trabajar en el guión el año 2011. El rodaje empezó en junio del 2015, justo diez años después del robo, que fue en junio del 2005. Nos interesaba abordar el caso desde múltiples planos, sea policial, judicial, cultural, personal y por tanto la mayor dificultad, fue coordinar el alto volumen de personas que queríamos entrevistar. La mayoría quiso hablar, fueron finalmente unos 40 entrevistados, pero un grupo reducido no accedió pese a nuestros varios intentos. Resultó especialmente complicado que a días de partir a París, el Museo Rodin nos negara hacer registros tanto del lugar, como entrevistas a cualquier persona vinculada a ellos, lo que nos hizo entrar en un plan de emergencia para buscar nuevos personajes franceses expertos en la materia. Al parecer, en el Museo Rodin, interpretaron que nuestro documental era una apología al robo de arte.

 

¿Qué preguntas o provocaciones esperas generar en los espectadores?

Cuando ocurrió el caso el año 2005 nadie se tomó en serio la posibilidad de que este robo pudiera ser una “acción de arte”; no hubo ningún espacio para el debate y en el recuerdo de Chile ésta fue una historia donde se cruzaba lo ridículo con lo patético. En el documental, por el contrario, sin dar respuestas cerradas, queríamos abrir la duda del: ¿por qué no podría ser este robo considerado como una obra de arte? La película, que se articula como una comedia policial, apunta en su fondo hacia cuestionamientos culturales esenciales que suelen salir a flote cada cierto tiempo en la historia, preguntas sobre qué es lo que define el arte y cuál es el rol de los artistas en nuestras sociedades.

 

¿En qué festivales o circuitos internacionales esperan participar antes de su estreno en salas nacionales? 

A principios de octubre la película se mostrará en el Festival Internacional de Documentales de Yamagata, en Japón, y ahí partimos el recorrido en el circuito internacional.

 

¿Cómo evalúas el estado actual de promoción del cine chileno y el aporte estatal o privado a la producción audiovisual? 

Esta película existe sólo gracias al aporte del Fondo Audiovisual, de Corfo y ahora el premio de BancoEstado, por lo que estaré eternamente agradecido. Hasta que no exista una industria cinematográfica en Chile que se pueda autofinanciar, los fondos son el vehículo que tenemos para mantener una producción de películas sistemática y así dar nuestro aporte a la configuración de nuestra identidad cultural.

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